PUNTA ARENAS 17 de octubre del 2010
SEÑOR
EDITOR DE MEDIO DE COMUNICACION Y DIFUSION PUBLICA
DE TODO UN POCO
PRESENTE
Hacemos llegar a su respetable medio ---
EL PROVOCADOR DISCURSO DE NIBALDO MOSCIATTTI Y QUE INCOMODO A LA SECRETARIA DE GOBIERNO ENA VON BAER.
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Con
cada palabra que leía Nibaldo Mosciatti, el rostro de la ministra de la
Secretaría General de Gobierno, Ena von Baer, se descomponía cada vez
más. Lo mismo le pasó a Juan Claro, presidente del directorio de
Embotelladora Andina que la acompañaba en la testera, y a los
militares, empresarios y autoridades invitados. Era la 31ª versión de
una ceremonia formal y protocolar, la entrega del Premio de Periodismo
Embotelladora Andina 2010, donde el periodista de Radio Bío Bío era el
invitado de honor, el galardonado por su trayectoria. Pero el protocolo
se esfumó apenas comenzó su discurso. Desde un comienzo, Mosciatti
disparó contra la Universidad Católica, la Iglesia, la dictadura, los
militares y los periodistas al servicio de las relaciones públicas y el
poder. A éstos últimos los retrató desde “un rincón un poco humillante,
como esas casuchas para los perros guardianes, que te guarece de la
lluvia pero que incuba pulgas y garrapatas, pero allí nunca falta el
tacho con comida”. El calibre de sus palabras provocó que la ministra
Von Baer, quien habló a continuación, se saliera de libreto para
replicarlo. Lea aquí el discurso completo de Nibaldo Mosciatti.
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Como el orden de los factores SÍ
altera el producto, este discurso comienza así: ¡Familia!, Constanza y
retoños, amigas y amigos, queridos auditores, añorados lectores,
circunstanciales televidentes, jurado del premio, embotelladora del
premio (siempre hay que ser bien educado), autoridades varias y vagas;
autoridades en la vaguedad. O sea, en la distancia. Amablemente.
Este texto consta de tres partes. A
saber: agradecimientos, reflexiones sobre el oficio y, finalmente,
piloto para un espacio de radio de trasnoche. Vamos, pues…
Quiero agradecer a mis maestros. A
los que, primero, me enseñaron. Quiero agradecer a mis padres. El rigor
de la Loli y la fantasía de Pocho. La perseverancia y pasión de ambos.
El aprendizaje de ver pasar el río, de plantar algunos árboles. El
vivir la vida sin ambición por el dinero, ni ínfulas sociales.
En este oficio de periodista quisiera
haber heredado una pizca del talento, la sensibilidad y la rebeldía de
mi padre. Sin esas cualidades, el periodismo se convierte en otra cosa:
en una simple reproducción de discursos, en un engranaje más de las
máquinas de los poderes y los poderosos, en esa cosa amorfa, triste,
gelatinosa, y, a veces, ruin y malvada, que son las relaciones públicas
o todo tipo de comunicación que está al servicio de unos pocos en
detrimento de la mayoría anónima.
Quiero agradecer, andando ya el
camino, a algunos profesores. De mi colegio: Lamiral, Varela, Tolosa,
Fierro, Boutigieg, Pilon, Biancard. La añoranza de ese espacio de
libertad cuando la libertad escaseaba.
Y de la Universidad… allí, en verdad,
gracias a pocos. Es más, si hablo largo terminaría a los garabatos y
repudiando a muchos de esa Universidad Católica, la UC de aquella
época, puta prístina de la dictadura, con sus sapos, sus silencios
cómplices, sus injusticias mofletudamente bendecidas, bendecidas por
sus monseñores y sus autoridades venenosas que no se arrugaban en
tolerar, avalar y alentar la brutalidad para preservar el orden, que
era un orden chiquitito, orden sólo de ellos.
Doble mérito entonces para mis
profesores de la Universidad a los que agradezco: Juan Domingo
Marinello, Cacho Ortiz, Gustavo Martínez y los Óscares: Saavedra y el
RIP González, lo que no es maldad, porque todos nos vamos a morir. Así
es que RIP nomás.
Y, en el oficio, más gracias. Gracias
a algunos que me apuntalaron, mostrándome matices de dignidad: Salvador
Schwartzmann, Jaime Moreno Laval, Mario Gómez López, Gabriela Tesmer.
Los otros, los amigos que me
enseñaron y que, por sobre todo, quiero: Andrés Braithwaite, el mejor
editor de prensa escrita que haya conocido nunca; Pancho Mouat; los
laberintos del pensamiento de Ajens; Pablo Azócar y el filo de su
pluma; Rafael Otano y su erudición que te obliga a ubicarte donde
siempre debe ubicarse un periodista, que es en la ignorancia; y
Patricio Bañados, que me ha mostrado el valor de las convicciones y la
decencia que debería imperar en este medio. Pero ustedes lo saben: NO
impera.
En cuanto al premio mismo, gracias al
premio, que permite esta convocatoria. Así veo a gente que quiero.
Premio gracioso y gaseoso. Tan gracioso que creí que era pitanza.
Premio de fantasía y bebestible, para mí, que me ufano de haberme
criado bebiendo agua de un pozo alimentado por una napa subterránea que
desciende al río Bío Bío desde la cordillera de Nahuelbuta. Agua pura.
Gracias, entonces, al jurado que me
eligió. Gracias sinceras porque, por lo demás, no he postulado a premio
alguno, lo que me indica que mi nombre les salió del corazón. O de la
razón, lo que no sé si es mejor o peor, todavía.
Y gracias a la empresa que da el
premio. Premiar periodistas es labor samaritana. Mejor que el Hogar de
Cristo o la Teletón, en la medida en que no se convoque,
paradójicamente, a la prensa.
Sugiero a la embotelladora que
también se incluya, en galardones paralelos, a zapateros remendones,
desmontadores de neumáticos en vulcanizaciones, panaderos, imprenteros,
empastadores de libros, ebanistas y expertos en injertos de árboles
frutales, para que se consolide la idea de que lo que se premia es el
ejercicio de un oficio, el día a día de las letras, y no la ruma de
certificados, con sus timbres y estampillas, ni la galería de cargos,
ni, menos todavía, la trenza de contactos, pitutos, militancias,
genuflexiones (para no usar imágenes obscenas) favores y deudas. Así
debiera ser.
En suma, muchas gracias. Gracias por
mí, pero también gracias por La Radio. Este premio es, en gran parte,
mayoritaria parte -seamos sinceros-, un premio a Radio Bío Bío. Un
premio a un proyecto que nació en 1958, en Lota, con radio El Carbón.
Un proyecto que mi padre no sólo ideó, parió, construyó, afianzó y
encauzó, sino que es un proyecto que sigue siendo fiel –y esperamos no
tropezar nunca en ello– a lo que mi padre quiso. Eso es lo que más se
merece un premio: la idea de un medio de comunicación al servicio de la
gente, sin cálculos, sin ideas de trampolín para lanzarse a otra
piscina. Señoras y señoras, muchas gracias.
2.- Reflexiones sobre el oficio:
Lo primero es que trataré de evitar,
probablemente, sin éxito, el peligro de todo discurso, que es terminar
pontificando. Imagínense: yo de pontífice. Pondría mis condiciones eso
sí: fin al celibato y, por supuesto, me negaría a usar esas polleras
que usan los pontífices. Báculo sí usaría: más de alguno con que me
cruzo merece un garrotazo, y los báculos papales y obispales, a veces
pesados con tanto oro, deben ser buenísimos para tal efecto.
Bien, no nos desviemos, aunque el tema provoque curiosidad malsana.
Entonces: evitar pontificar. Porque
el periodismo debiera estar lo más lejos posible de los pontífices: los
de las religiones, la política, los negocios, la banca, el capital, la
revolución, la involución, las dietas, las verdades reveladas, las
ideologías, la numerología y tantos etcéteras. O sea, lejos de las
certezas. El periodismo sólo se sostiene en su falta de certidumbres,
en la duda permanente, en el escepticismo, en la incredulidad.
Vivir poniendo en duda todo puede, es
cierto, generar angustia. Pero si no se busca el poder, la certeza
mayor que te da el poder y, por consiguiente, la posibilidad del abuso
–porque eso es el poder: la posibilidad de abusar–; si no se busca esa
certeza, se puede vivir de lo más bien.
¿Cómo vivir en el ejercicio de la
duda? Aventuro una respuesta: haciéndolo desde la sensibilidad.
Sensibilidad para entender al otro. Hacer el ejercicio de despojarse de
lo propio –las ideas, los odios, las fijaciones– para intentar
reconocer, conocer, entender lo ajeno.
Hay, al menos, dos periodismos. Voy a
dejar fuera a esa manga de serviles que, por opción (libero de culpa a
los que no tuvieron alternativa), fueron útiles plumíferos de la
dictadura. Siempre he sostenido que en dictadura, hacer periodismo es
hacer oposición. Si yo pretendiera hacer periodismo en China, hoy,
sería agente opositor (y qué bueno que el Premio Nobel de la Paz se
haya otorgado a un disidente chino).
Bueno, dejando de lado esto, repito
que hay, al menos, dos periodismos: Uno, el que le habla a la gente,
porque piensa en la gente y siente que está al servicio de ella. Otro,
el periodismo que le habla a los poderes, porque vive en ese rincón
restringido y cálido –pero nunca gratis– que los poderes guardan a ese
periodismo. Es un rincón un poco humillante, como esas casuchas para
los perros guardianes, que te guarece de la lluvia pero que incuba
pulgas y garrapatas, pero allí nunca falta el tacho con comida. Sabe
mal, pero alimenta. Y, en general, engorda.
Lo que entiendo por periodismo es lo
primero: el periodismo es un ejercicio de antipoder. Repartir,
difundir, democratizar la información que, si es tenida en reserva por
unos pocos, constituye poder. ¿No les suena acaso la figura de “uso de
información privilegiada”?
Mi convicción, entonces: lejos de los poderes, que el poder corrompe. Y a más poder o más dinero, más corrupción.
De lo mucho que le debo a mis
lecturas –en rigor no he hecho más que repetir cosas que he considerado
inteligentes y por otros dichas–, le debo a Albert Camus la mejor
definición de patriotismo. Si la bandada de sujetos vociferantes que se
dicen patriotas se aproximara a esa definición, algo de eso que se
sueña como humanismo sería factible. Escribió Camus, a propósito de la
resistencia francesa a la ocupación nazi:
“Fue asombroso que muchos hombres que
entraron en la resistencia no fueran patriotas de profesión. Pero el
patriotismo, en primer lugar, no es una profesión. Es una manera de
amar a la patria que consiste en no quererla injusta y en decírselo”.
Uno podría cambiar el término patria
por humanidad y patriotismo por humanismo. Y uno podría considerar que
ese ejercicio de humanismo es el buen periodismo.
Para no subirse por el chorro, una
advertencia: muchos periodistas estaban o están convencidos que el
periodismo es la palanca o instrumento para generar un cambio social.
Nica. O sea, no. Quienes piensan así exhiben, quizás sin darse cuenta,
una arrogancia y un mesianismo temible. Allí no hay duda, ni
cuestionamiento. Los cambios los hacen los pueblos, no el periodismo.
Tratemos –termino igual como empecé–, tratemos de no pontificar.
3.- Piloto para un espacio radial en el trasnoche. ¡Invito a que me acompañe (en saxo) Nano González!
¿Por qué te premian? ¿Porque ya eres
suficientemente viejo? ¿Por qué ya lo que dices son puras boludeces y
tus dichos perdieron filo, agudeza, desparpajo, y te repites como un
viejo gagá que no dice nada nuevo ni nada que escandalice? ¿Por eso te
premian, porque la lengua te la comieron los ratones? O, mejor dicho,
¿porque tu lengua se pudrió, de desprendió, añeja, agria, inútil?
Sobrevuelas un pedazo de tierra,
hermoso por lo demás (bueno, hermoso en lo que va quedando de hermoso,
porque lo otro ya lo arrasaron) y te dicen: mira, esa es tu Patria.
¿Qué es eso? ¿Una Patria, La Patria, tu Patria? ¿Para despedazarla y
repartirla? ¿Para prohibirla, censurarla, amordazarla? Será mejor,
entonces, no tener Patria, y ahorrarnos uniformes, paradas militares,
desfiles, aniversarios, profesionales ociosos de la guerra. No, no, no;
mejor así: que los militares sigan siendo ociosos y que no ejerzan su
trabajo. Digo: no a la guerra. Y agrego: mar para Bolivia, y con
soberanía.
En cada uno de nosotros habita ese
lobo que ve a los otros como ovejas, y quiere devorárselas. Pero no nos
engañemos, los lobos son los lobos de siempre. Se les reconoce por el
hedor que van dejando sus meados. No trates de domesticar al lobo.
Sácale lustre, aliméntalo con carne cruda y no lo retengas cuando
llegue la hora de las dentelladas. ¿Se acuerdan de ese coro, auténtico,
maravilloso, porque ponía en duda el orden que es, como todo orden, en
el fondo, una prisión? El coro decía: ¡va a quedar la cagada, va a
quedar la cagada, va a quedar la cagada…!
Nosotros, asesinos. Esa cualidad
última es la que se promueve. No veas al otro como un socio, olvídate
del concepto de prójimo (salvo cuando vayas a ese teatro vacío que se
llama iglesia). Gánate un espacio, desplazando a otro. Es una lógica
asesina. Bienvenidos al carrusel de los depredadores. Nuestro futuro
está escrito: feliz regreso al canibalismo.
¿Dónde están los que no están? Bueno,
yo lo sé, porque así lo siento: en ningún lado, por algo no están.
Chau, listo, se acabó… Pero están. En nuestros recuerdos, en la
memoria. Me gustaría que estuviera aquí Galo Gómez. Galo Gómez hijo.
Romántico y pendenciero, pero tan buen tipo que sus peleas eran pura
bondad. Galito, ¿te mataste o te mataron? No, parece que fue la
borrachera y el exceso de velocidad. Te mataste, entonces. Te echo de
menos.
Luciérnagas en la noche. Bajo los
boldos, vuelan encantadas las luciérnagas de mi niñez y juventud. No
las vi por años, casi décadas, hasta que una noche reaparecieron. Allí,
en la orilla del Bío Bío. ¡Luciérnagas en la noche de nuevo! Como un
mensaje que dijera: no todo está perdido, no todo es derrumbe. La
sobrevivencia de las luciérnagas como metáfora de la supervivencia de
lo hermoso, de los sueños, de que sigan existiendo luciérnagas para los
futuros niños.
Y sí… Quisiera volver a ser un niño.
Vivir, aunque sin saber, que todas las posibilidades del mundo están
abiertas y disponibles para mí. Eso es la niñez: la infinitud de
rumbos, la ausencia, por el momento, de condicionamientos, directrices,
guías. El primer día de colegio es el primer navajazo a esa infinitud.
Quisiera volver a ser un niño, antes del colegio. Niño, niño. Puro
horizonte, posibilidades infinitas. Quisiera ser niño. ¡Y sin premio!
Por-- Nibaldo Mosciatti
recibido y reenviado por
Agrupación Solidaria de Ex Presos Políticos y Torturados de Magallanes
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